En el invierno de 2000, Edith Gutiérrez llegó a Madrid con un maletín lleno de manuscritos y un corazón blindado por el perfeccionismo. Corregía novelas ajenas en una pequeña editorial del centro, puliendo palabras que no eran suyas mientras soñaba, en secreto, con escribir las propias. Allí, en una librería de viejo de la calle Mayor, conoció a Daniel. Él buscaba un ejemplar gastado de Cien años de soledad. Alto, de voz pausada y ojos que parecían leerla antes de que ella hablara, la invitó a un café. Conversaron sobre realismo mágico, sobre cómo las palabras podían sanar o destruir, y en pocas semanas el romance floreció como una enredadera en las paredes antiguas de la ciudad.Daniel era todo lo que Edith creía necesitar: calmado, culto, seguro de sí mismo. La llevaba a pasear por el Retiro bajo árboles desnudos, le leía poemas de Lorca en voz baja y, en las noches de invierno, sus manos encontraban siempre el lugar exacto donde posarse. El sexo entre ellos era intenso, casi ritual:
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