El precio del rescate El reloj de pared en el salón marcaba las tres de la madrugada, pero en esta casa nadie dormía. El tiempo se había convertido en una sustancia viscosa y oscura, estirándose hasta el infinito. Yo estaba sentada en el mismo sofá donde Charles me había dejado hace horas, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos me dolían, blancos y tensos.Mi madre, Evelyn, estaba a mi lado. No decía nada, pero su presencia era un calor constante contra mi costado frío. Me pasaba la mano por la espalda en círculos lentos, rítmicos, intentando calmar un temblor que no era de frío, sino de puro terror. Frente a nosotras, don Augusto caminaba de un lado a otro. Sus pasos sobre la alfombra eran silenciosos, pero la tensión en sus hombros gritaba su desesperación. Cada vez que se detenía frente a la ventana oscura, veía el reflejo de un padre que temía haber enviado a su hijo a la muerte.—Ya deberían haber llamado —murmuré, mi voz sonando rasposa y ajena en el silencio de
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