Charles SchmidtNo hay dolor. Eso es lo primero que registro. No hay peso, no hay frío, no hay el martilleo constante del tumor en mi cráneo. Solo hay una paz blanca, densa y absoluta.Estoy de pie en un lugar que no puedo definir. No hay paredes, no hay techo, solo un horizonte infinito envuelto en una neblina plateada que parece brillar con luz propia. Frente a mí, el camino se divide en dos.A la derecha, veo un sendero bañado por una luz dorada y cálida. Siento una atracción magnética hacia él; emana una serenidad que nunca he conocido en la tierra. Es la promesa del descanso final, el final de todas mis batallas, el lugar donde el miedo y la enfermedad no pueden alcanzarme.A la izquierda, el camino es oscuro, lleno de sombras y de un ruido lejano que suena a llanto y a metal chocando. Es el camino de regreso al mundo, al dolor, a la lucha.Me quedo paralizado en la bifurcación. Una parte de mi alma, agotada por meses de agonía silenciosa, anhela la luz de la derecha. Pero algo m
Leer más