El sonido de la puerta del auto blindado cerrándose fue definitivo, como la tapa de un ataúd sellando el mundo exterior. Me hundí en el asiento de cuero trasero, mientras el Inspector Martínez subía al asiento del copiloto y daba la orden de marcha al chofer. El motor rugió y el vehículo se deslizó suavemente hacia la oscuridad de la noche, alejándome de mi casa, de mi padre y, sobre todo, de Rebeca.
Miré por la ventanilla tintada hacia la fachada iluminada de mi hogar. Imaginé a Rebeca en nues