Alanna sintió que el aire se volvía espeso.—No digas estupideces.Pero Leonardo soltó una carcajada seca, cínica, con la mandíbula apretada. Estaba cegado, consumido por la idea de que ella lo estaba traicionando, de que ella estaba de su lado.—Claro… claro que no. Solo estás aquí, en mi casa, con mi apellido, pero defendiendo a mi enemigo.Alanna sintió un nudo de rabia en la garganta.—¡Esto no es por Enrique!—¡Todo lo que dices es por él! —rugió Leonardo, alzando la voz con una furia que hizo temblar las paredes—. ¡Vienes aquí a decirme qué debo hacer, a decirme que no lo toque, que no lo enfrente! ¿Quién carajos te crees para meterte en mis negocios, Alanna?!Alanna lo miró fijamente, con los ojos encendidos de enojo.—Soy tu esposa.Pero Leonardo soltó una risa sarcástica, una risa cruel.—¿Eres mi esposa?La forma en la que lo dijo, como si fuera una burla, como si no creyera en esas palabras, hizo que el estómago de Alanna se contrajera.—No actúas como una.Alanna sintió el
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