Lo miré con el corazón hecho pedazos y enseguida me senté a su lado para abrazarlo con sumo cuidado.—Está bien, cariño, me quedaré contigo.Él sonrió y, ya más tranquilo, apoyó la cabeza sobre mi hombro. Murmuró:—… Suena muy bonito.—¿Te gusta oírlo?—Sí, me gusta, me gusta mucho.—Entonces te lo diré todos los días, ¿sí?Pero, después de que solté esa pregunta, él no me respondió durante un buen rato.El corazón me dio un vuelco. Bajé la mirada hacia él y lo llamé con voz temblorosa:—Mateo, ¿cómo estás? Mateo…Lo llamé varias veces seguidas y él siguió sin reaccionar.En ese instante, entre el pánico, y rompí a llorar.—Mateo, ¿qué te pasa? No me asustes, Mateo…No me atrevía a sacudirlo, por miedo a tirar de sus heridas. Solo podía morderme con fuerza el labio y dejar que las lágrimas cayeran sobre la ropa manchada de sangre, llamándolo una y otra vez, con la voz tan rota que casi no parecía mía.Justo cuando estaba a punto de derrumbarme, el peso sobre mi hombro se movió apenas.
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