Me sobresalté y enseguida sujeté bien al hombre que tenía delante.
Era Mateo. No sabía en qué momento se había despertado, pero tenía una expresión de angustia y tensión.
—¿A dónde fuiste?
Respiraba con dificultad. Su voz sonaba ronca, como si le hubieran raspado la garganta con una lija, cargada de un tono nasal espeso y de un temblor apenas perceptible.
Estaba más pálido que antes de dormirse; sus labios, secos y agrietados. La herida, que apenas había empezado a dejar de sangrar, se había abi