Mateo era un hombre despiadado. Pero también había sido un tonto terco. Yo lo había tratado de esa manera en el pasado, lo había humillado sin medida… Y aun así, él no había querido irse.Me apoyaba lentamente sobre su pecho. Mis dedos, sin querer, rozaban una textura irregular. Levanté la mirada y temblé de forma incontrolable.Era una cicatriz profunda, tan honda que parecía llegar hasta el hueso. La reconocía. La última vez, cuando Camila había intentado apuñalarme, él se interpuso. Había recibido el golpe por mí.Miré hacia otros lugares de su cuerpo. Estaba cubierto de cicatrices, cruzadas en todas direcciones. Algunas nuevas. Otras antiguas.Al recordarlo, sentí que todas esas heridas parecían haber sido causadas por mí.Antes no lo entendía. Siempre había pensado que él era dominante, obsesivo, sombrío e irracional. Pero después lo había comprendido: solo estaba protegiéndome, a su torpe manera.Y yo lo había entendido demasiado tarde. En aquel entonces, solo había querido escap
Leer más