Él seguía cortándola una y otra vez, despacio y con precisión. Cada corte no era profundo, pero sí lo bastante para que el dolor se extendiera sin tregua.
El llanto de Camila se iba debilitando cada vez más. Los primeros gritos ya se habían convertido en sollozos reprimidos. Las lágrimas, mezcladas con el sudor frío, resbalaban por sus mejillas y empapaban la funda de la almohada.
Miraba a Carlos, una cara a la vez conocida y completamente extraña. Miraba la obsesión enfermiza y el desvarío en s