Una punzada amarga me atravesó el pecho.
De repente sentí que… quizá nunca le había dado verdadera seguridad.
Apreté su mano y dije entre sollozos:
—De verdad, Mateo, duerme un poco. No voy a volver a irme. Me quedaré contigo todo el tiempo.
Sus párpados se hundieron lentamente; su mirada ya estaba algo desenfocada.
Murmuró:
—Está bien.
Después de decir eso, como si realmente ya no pudiera resistir más, cerró los ojos lentamente.
Pero sus labios seguían moviéndose, como si estuviera diciendo alg