Entonces, el señor Felipe estiró la mano y la puso suavemente sobre la del señor Pedro, tratando de consolarlo con una cara amable.—No te enojes, Pedro. Esto no es más que una solución temporal. Cuando todo esto pase y la señorita Alma se haya olvidado de que esta mujer existe, voy a hacer que Darío te la entregue. ¿Te parece bien?—Eso, eso —Darío lo apoyó de inmediato con su voz ronca—. Esta puta no puede escapar del rancho, y su marido, después de todo, también sigue escondido aquí. Cuando yo me canse de jugar con ella, todavía te puede servir como cebo.El señor Pedro se rio entre dientes.—Si todos lo ven así, ¿qué más puedo decir? —dijo con un tono tranquilo.Cuando terminó, se levantó y se sacudió un poco el saco. Fue un movimiento ligero, casi como si no le importara, pero dejaba ver una irritación clara y una maldad que intentaba esconder. El señor Felipe vio su expresión y suspiró, con una cara de falsa bondad, como si estuviera en un aprieto.—Perdón, Pedro. De verdad no t
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