Aun en estado de shock, Alessandro Bianco caminó a toda prisa por los pasillos de ese hospital privado, que tenía un piso al que solo él, un médico y dos enfermeras que habían firmado un contrato de confidencialidad, podían acceder.Ese hombre, de cabello oscuro y ojos azules, llevaba entre sus brazos a una joven desmayada y, posiblemente, herida, a la cual había levantado de dónde se suscitó el accidente tras revisar sus huesos, descartando alguna fractura.Sí, él no era médico, era un abogado, pero su hermano menor había nacido con una condición en que sus huesos se rompían con facilidad, así que, desde muy joven, aprendió a revisar si cualquier movimiento o golpe no había fracturado los huesos de su, ahora, difunto hermano menor.Ya en la habitación de su amada, la enfermera, que cuidaba a esa joven, corrió hacia él y lo ayudó a colocar a la joven en el sofá más grande de esa habitación privada, mirando contrariada el rostro de la joven y luego mirando a la chica en la cama, a quie
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