PARTE II

Aun en estado de shock, Alessandro Bianco caminó a toda prisa por los pasillos de ese hospital privado, que tenía un piso al que solo él, un médico y dos enfermeras que habían firmado un contrato de confidencialidad, podían acceder.

Ese hombre, de cabello oscuro y ojos azules, llevaba entre sus brazos a una joven desmayada y, posiblemente, herida, a la cual había levantado de dónde se suscitó el accidente tras revisar sus huesos, descartando alguna fractura.

Sí, él no era médico, era un abogado
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