Brany se acercó despacio, sintiendo el peso de la pistola que llevaba escondida en la cintura, bajo la chaqueta. La había asegurado, cargada, el seguro puesto. No quería usarla. Pero sabía que podría tener que hacerlo. —Tome asiento, señorita Stepanova —dijo Mikhail, señalando la silla frente a él. Su voz era grave, cortés, como si estuviera invitando a tomar té, no sellando un destino—. Hace tiempo que quería hablar con usted. —Podría haberme llamado —respondió Brany, sentándose, manteniendo las manos sobre la mesa, visibles—. No hacía falta meter a mi hermana en esto. —Su hermana está a salvo. Por ahora. Todo depende de usted. —¿Qué quiere? Mikhail la miró largamente. Sus ojos claros, de un azul gélido, la examinaron con una intensidad que la hizo sentir desnuda. —Quiero entender —dijo finalmente—. Quiero entender qué tiene usted que yo no pude darle. Por qué él la eligió a usted y no a mí. Por qué está dispuesto a arriesgarlo todo por una mujer que conoce desde hace meses, cu
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