El sol entraba con fuerza por las rendijas de las persianas cuando Brany abrió los ojos. Por un instante, no recordó dónde estaba. Luego sintió el peso del brazo de Andrey sobre su cintura, el calor de su cuerpo junto al suyo, y todo regresó: las amenazas, el sobre, el teléfono silencioso que seguía en el bolsillo de su chaqueta.
Pero en ese momento, en esa fracción de segundo antes de que la realidad se impusiera, solo existía la paz. El ritmo pausado de su respiración. La luz cálida filtrándo