Aquella noche, cenaron en un pequeño restaurante al borde del canal, con las luces de la ciudad reflejándose en el agua como estrellas caídas. El local era íntimo, apenas seis mesas, con manteles de lino blanco y velas temblorosas que bailaban al compás de la brisa nocturna. El dueño, un hombre mayor con bigote canoso y ojos de un azul intenso, los había recibido como si fueran viejos amigos, y les había reservado la mejor mesa, junto a la ventana, desde donde podían ver el canal brillar bajo la luz de la luna. —Este lugar es perfecto —dijo Brany, apoyando la barbilla en la mano, mirando a Andrey a través de la llama de la vela—. ¿Cómo lo encontraste? —Piotr me lo recomendó —respondió él, sirviéndole vino en una copa de cristal tallado—. Dijo que era el único lugar en Venecia donde se podía cenar sin que los turistas te arruinaran el momento. Tenía razón, como siempre. —Piotr tiene buen gusto. —En todo menos en las mujeres —bromeó Andrey, y Brany rió, una risa limpia, sin reservas
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