La tranquilidad duró exactamente cuarenta y ocho horas.
Fue un espejismo, un respiro robado al destino, una pausa en la que Brany casi logró convencerse de que el peligro había pasado. Andrey cocinó para ella, caminaron de la mano por las calles del Trastévere, durmieron abrazados sin pesadillas. Piotr incluso se permitió una sonrisa real, de esas que arrugan los ojos y parecen borrar décadas de cinismo.
Pero el tercer día, todo se rompió.
Brany estaba sola en el apartamento cuando sonó el t