Estaba en el fregadero, concentrado en quitar la espuma de los platos, cuando la voz de ella llegó cortante, acompañada por el viento que colaba arena por la puerta abierta.—¡Por Dios, Anjur! —gritó, y algo en su tono me hizo levantar la vista antes de darme cuenta.La vi entrar, y por un instante todo lo demás desapareció. Caminaba con pasos firmes, medidos, sin prisas, pero sin titubeos; su presencia ocupaba el espacio sin necesidad de palabras. Tenía los hombros rectos, la espalda erguida, y un equilibrio en su andar que hacía que todo lo que la rodeaba pareciera irrelevante. Su cabello oscuro caía en mechones sobre los hombros, ligeramente desordenado por el viento, y algunos reflejos captaban la luz de la mañana. Su piel era clara, uniforme, y sus manos, cuando se movían para ajustar la bolsa que llevaba colgada, eran rápidas y decididas.Y luego estaban sus ojos. Negros. Oscuros hasta lo imposible. Mirarlos era como tropezar con un vacío; intensos, analíticos, y a la vez inquis
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