Estaba en el fregadero, concentrado en quitar la espuma de los platos, cuando la voz de ella llegó cortante, acompañada por el viento que colaba arena por la puerta abierta.
—¡Por Dios, Anjur! —gritó, y algo en su tono me hizo levantar la vista antes de darme cuenta.
La vi entrar, y por un instante todo lo demás desapareció. Caminaba con pasos firmes, medidos, sin prisas, pero sin titubeos; su presencia ocupaba el espacio sin necesidad de palabras. Tenía los hombros rectos, la espalda erguida,