Con una sonrisa triunfal, cargada de una malicia que le deformaba las facciones, Melissa se da media vuelta y se larga de mi casa. Sus tacones resuenan contra el mármol como disparos, celebrando que logró exactamente lo que quería: inyectar su veneno en mi sistema, provocarme unos celos corrosivos, una rabia sorda y un coraje tan enorme que sentía que el aire me faltaba. En ese momento, no podía tolerar ni que me miraran, mucho menos que me llevaran la contraria o intentaran consolarme con frases vacías.Stacy, que había permanecido en un rincón observando la escena con horror, se da cuenta de mi estado volcánico por lo que se mantiene en un silencio prudente y se aleja de mi camino. Las demás sirvientas, intuyendo que una tormenta estaba por estallar, se dispersaron rápidamente hacia sus labores. Yo, ignorando el dolor punzante que aún persistía en mi vientre por la cirugía reciente, me limité a subir nuevamente a mi habitación. Cada escalón era un suplicio, pero la adrenalina del odi
Leer más