CAPITULO 30
Con una sonrisa triunfal, cargada de una malicia que le deformaba las facciones, Melissa se da media vuelta y se larga de mi casa. Sus tacones resuenan contra el mármol como disparos, celebrando que logró exactamente lo que quería: inyectar su veneno en mi sistema, provocarme unos celos corrosivos, una rabia sorda y un coraje tan enorme que sentía que el aire me faltaba. En ese momento, no podía tolerar ni que me miraran, mucho menos que me llevaran la contraria o intentaran consolarme con frase
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