MELISSA
—¡No puedo creerlo! —exclamó mi madre, arrojando el diario sobre la mesa de café con una furia que hacía temblar sus joyas—. ¡Mira esto, Melissa! ¡Es una humillación pública!
“El prestigioso magnate Eros Ainsworth por fin se ha convertido en padre”. Las letras negritas del encabezado parecían burlarse de mí. Arrojé molesta el periódico al suelo; me fastidia profundamente leer que esa mocosa ha nacido y que todo el mundo esté celebrando la felicidad de esa pareja de pacotilla. Lo peor de