El cuerpo del Segador, aplastado por las lianas de la Hestia, emitía un silbido eléctrico mientras su batería interna se agotaba. En el silencio que siguió al estallido de poder de Nico, el Santuario del Pulso parecía haber envejecido cien años en un segundo. Las Aguas de Infusión, antes vibrantes, ahora estaban turbias, como si la energía consumida por mi hijo hubiera succionado la vida del estanque.Kaelen se puso en pie con dificultad, limpiándose la sangre azul de su máscara. Miró los restos del soldado de élite de la Colonia y luego a Nico. Ya no había adoración en su mirada, solo un respeto teñido de un miedo primario. Había visto al Profeta, y el Profeta era una tormenta.—Has despertado al enjambre, Sembrador —dijo Kaelen, señalando los fragmentos de cristal que aún caían del techo—. El Segador no era más que un dedo explorador. Ahora vendrá la mano.Clara se acercó a Nico, que permanecía de pie, mirando sus propias manos. La cristalización plateada ya no se detenía en sus cod
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