El cielo sobre el Velo de Ceniza ya no era violeta; era de un blanco eléctrico y cegador. Las naves de las Colonias, dispuestas en una formación de asedio sobre el Nodo Central, estaban inyectando pulsos de energía directamente en la ionosfera. Cada vez que una descarga golpeaba las agujas de cristal del horizonte, el suelo bajo nuestros pies vibraba con un lamento metálico. No era un terremoto; era la red planetaria reaccionando a la intrusión, como un sistema nervioso que se retuerce bajo una