El aire en la estación subterránea era denso, impregnado de un olor a ozono y a tierra húmeda, pero se sentía extrañamente vivo. Los hombres y mujeres de la resistencia, con sus pulmones de cadenas rotas bordados en la ropa, se movían con una eficiencia silenciosa que delataba años de clandestinidad. Frank no bajó el fusil de inmediato; el instinto de presa era difícil de silenciar.—Baja el arma, hijo —dijo el hombre de la barba canosa, cuya voz era profunda y calmada—. Aquí no somos tus enemigos. Me llamo Aris. Estábamos esperando este tren de carga para recuperar suministros químicos, pero veo que has traído algo mucho más valioso.Señaló el AeroFlow, que ahora emitía un zumbido agónico, como el de un insecto moribundo.—Necesita energía —dijo Frank, con la voz seca—. Y mi hijo necesita un médico.—Lo tendrá. Todo lo tendrá —respondió Aris, haciendo una señal a sus hombres.Nos escoltaron por un laberinto de túneles secundarios, alejándonos de las vías principales. Cruzamos u
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