En verdad, ella es una mujer increíblemente terca, pero afortunadamente ya todo está arreglado y bajo control. No quiero decirle todavía ni adónde iremos de vacaciones, porque intuyo que, con su mente analítica, sospechará inmediatamente de mi verdadera intención, que no es solo que descanse, sino que se convierta en mi mujer fuera de este caos. Cuando Mía despertó esta mañana, su petición fue clara y directa: me pidió que la trajera de vuelta a su departamento, su santuario, y así lo hice sin rechistar.—Ya estoy mejor, Gabriel. Creo que el calmante y el sueño han hecho su efecto —dice, sentándose en el borde de la cama.—Quizás, pero yo quiero que descanses mucho más. No voy a permitir que te fuerces.En ese preciso instante, escuchamos el timbre de la puerta principal. Mía hace el ademán de levantarse, pero la detengo con una mano en su hombro.—Quédate ahí, iré yo —manifiesto con autoridad.Camino hasta la puerta y, al abrirla, me encuentro con el señor Fermonsel y Edmon parados e
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