—¿Qué te pareció tu sorpresa? —le pregunto, tocando su hombro con suavidad y observando su rostro—. ¿Viste que no estaba planeando ninguna de esas ideas maquiavélicas que tú te imaginabas?
Mía, todavía procesando la presencia de su hermana menor, se abalanza sobre mí en un abrazo que se siente natural, cálido y, sobre todo, lleno de una gratitud que no necesita palabras. Me sorprende verla tan desarmada.
—Gracias, Gabriel. De verdad, gracias —me besa con una dulzura que me hace sonreír, sintién