—Todo está listo, señor Hoffman —me susurra mi asistente al oído.
Mía y yo bajamos del jet privado, no sin antes asegurarme de cubrir sus ojos con una venda de seda negra para que no tenga la más mínima posibilidad de ver en dónde nos encontramos. Le he pedido expresamente a todo el personal de tierra y a los conductores que no digan ni una sola palabra sobre el lugar que visitaremos; el secreto es absoluto. Llegamos al auto de lujo que nos esperaba a pie de pista y entramos en él. Lo pongo en