—¡Dios mío, está absolutamente bellísimo! Es mucho más fino y elegante que el anillo que Antonio te dio en su momento. Oh, cielos, disculpa, Gabriel, no quise ser indiscreta.Gabriel, lejos de ofenderse, suelta una carcajada sonora, relajándose por completo ante el comentario de mi amiga.—No te preocupes en absoluto, Cesia. Oír de tu propia boca que es mejor que el que él le dio, me resulta sumamente satisfactorio.—Sigue alimentando tu ego, Gabriel, que te va a explotar la cabeza —le respondo, rodando los ojos—. Tengo mucho de qué conversar con mi amiga, así que con permiso.Me río al ver su cara de orgullo absoluto; parece que, después de todo, le gusta saber que ha superado a mi fantasma del pasado. Tomo la mano de Cesia y la arrastro conmigo hacia la tranquilidad del jardín trasero, lejos de las miradas indiscretas de la alta sociedad y de los oídos atentos de mis padres. Allí, entre los rosales y la brisa fresca, nadie podrá interrumpir nuestra conversación vital.—Al parecer, t
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