Cuando empiezo el vaivén lento, profundo y devastador de la penetración, Mía gime muy alto, un sonido roto que reverbera con fuerza en las paredes de la suite imperial. Siento la urgencia primitiva e incontrolable de volver a escuchar esa deliciosa melodía erótica una y otra vez mientras entro y salgo de su coño, devorando su calor. Ella enarca su espalda con violencia, despegándola por completo del colchón, y me pide más, clavando sus uñas en mis hombros. Oír sus gemidos descontrolados me excita tanto que me hace perder el último rastro de cordura; el odio del pasado se convierte en puro combustible. Sin detener mi ritmo acelerado, tomo uno de sus pechos, aprieto su pezón y tiro de él un poco, desafiando su resistencia. Disfruto al límite de este placer afrodisíaco que acelera nuestros corazones. Lamo mis propios labios al verla tan dispuesta, tan salvaje, tan lasciva y tan posesiva solo por y para mí. Su entrega me vuelve loco. Con gran deleite y posesividad, acaricio la firmeza de s
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