Si juegas, yo también
Mi esposo llevaba seis meses engañándome con mi mejor amiga a mis espaldas.
Seis meses de rosas. Seis meses de escuchar un “eres todo para mí” mientras él la hacía gemir su nombre.
Yo le entregué mi corazón entero.
Y él se lo puso en las manos a ella como si fuera un regalo barato.
Por eso, cuando Dominic Ford apareció con la rabia ardiendo en sus ojos y las pruebas entre sus manos, algo dentro de mí se rompió.
Y en aquel lugar oscuro y peligroso al que me había llevado el dolor, nació una idea tan pecaminosa como irresistible.
—Una aventura —le dije, sosteniendo su mirada—. Real. Sin filtros. Sin mentiras. Sin compromisos. Sin límites. Les daremos exactamente lo que se merecen.
Dominic me observó durante un largo instante, como si intentara descubrir si hablaba en serio.
Entonces me acercó a él y susurró:
—¿Cuándo empezamos?
***
Dominic Ford me tocó como si quisiera borrarme para siempre de cualquier otro hombre.
Y lo consiguió.
Me desarmó poco a poco, noche tras noche, hasta que mi cuerpo temblaba, mi voz se quebraba y terminaba suplicando por más... Y cuando amanecía, era yo quien volvía a buscar todo aquello que él me había dado la noche anterior.
Se suponía que esto debía hacerles daño.
Nunca se suponía que pudiera sentirse tan bien.
Nunca se suponía que pudiera sentirse como volver a casa.
Ahora nuestros cónyuges infieles estaban de rodillas, exactamente donde queríamos verlos.
Pero Dominic me miraba como si el plan hubiera cambiado.
Y que Dios me ayude, porque yo tampoco quería alejarme.
Habíamos hecho un trato.
Sin ataduras.
Sin sentimientos.
Solo venganza.
Ese era el acuerdo.
Pero ambos mentimos.