La mañana en la ciudad se sentía gris, como si el cielo compartiera el ánimo sombrío que reinaba en el ático de Sebastián Miller. Se despertó por el silencio, un silencio que antes le parecía paz y que ahora se sentía como una losa de cemento sobre su pecho. Por inercia, estiró la mano hacia el lado derecho de la cama, esperando encontrar la calidez del cuerpo de Elena o, al menos, el sonido de ella moviéndose en el vestidor. Pero no había nada. Solo sábanas frías y el aroma a perfume de diseña