CAPÍTULO 6

La oficina de la presidencia en el Grupo Imperial no era solo una habitación; era una declaración de guerra. Paredes de mármol negro, ventanales que dominaban todo el distrito financiero y un silencio que solo el poder absoluto puede comprar. Elena se sentó tras el escritorio de caoba que alguna vez perteneció a su abuelo. Se sentía pesado, imponente, pero extrañamente correcto.

—Los expedientes que pidió, señorita Elena —dijo Marcus, colocando una serie de carpetas azules sobre la mesa—. Estos son los nombres de los directivos que aceptaron sobornos de Industrias Miller para desviar contratos del Grupo Imperial durante los últimos tres años.

Elena abrió la primera carpeta. Vio nombres de personas que ella conocía, hombres que habían cenado en su mesa cuando ella aún era la esposa invisible de Sebastián, hombres que le habían sonreído con condescendencia mientras por debajo de la mesa ayudaban a su marido a saquear el patrimonio de los Valerius.

—Es irónico, Marcus —comentó Elena—. Sebastián siempre creyó que era un genio de las finanzas. Nunca se dio cuenta de que su éxito no se debía a su talento, sino a que estaba robándole a una familia que él creía extinta.

—Él subestimó el alcance de su padre, señorita —respondió Marcus, con las manos cruzadas a la espalda—. Don Arthur permitió que Miller jugara a ser rey porque sabía que, tarde o temprano, usted regresaría para reclamar el tablero.

Elena firmó la primera orden de despido inmediato.

—Quiero que estos hombres salgan del edificio antes del mediodía. Sin indemnización, sin recomendaciones y asegúrate de que el departamento legal presente las demandas por fraude hoy mismo.

Mientras tanto, en el edificio de Industrias Miller, el aire era irrespirable. Sebastián estaba encerrado en su despacho, ignorando las llamadas de Camila, quien insistía en ir a almorzar a un restaurante caro para dejarse ver.

—¡No hay almuerzo, Camila! —gritó Sebastián por el intercomunicador—. ¡Tengo a tres bancos pidiéndome garantías que no tengo!

Sebastián se dejó caer en su silla, hundiéndose en la frustración. De repente, la pantalla de la computadora parpadeó. Una notificación de noticias financieras de última hora apareció en rojo: “Purga masiva en el Grupo Imperial: La nueva dirección corta vínculos con aliados de Industrias Miller”.

El corazón de Sebastián dio un vuelco.

—¿Nueva dirección? —susurró para sí mismo—. ¿Quién demonios está al mando de los Valerius ahora?

Intentó llamar a uno de sus contactos dentro del Grupo Imperial, un hombre llamado Harris con el que solía jugar al golf.

—¿Diga? —la voz de Harris sonaba agitada, casi aterrada.

—Harris, soy Sebastián. ¿Qué está pasando allí? He visto las noticias de los despidos...

—Sebastián, no vuelvas a llamar a este número —susurró Harris—. Nos han descubierto a todos. Ella... ella está aquí.

—¿Ella? ¿Quién es ella? —preguntó Sebastián, sintiendo un escalofrío—. ¿La mujer de la portada? ¿Es ella la que está al mando?

—Es un demonio vestido de seda, Miller. Tiene pruebas de todo. Si valoras lo poco que te queda, no te acerques al edificio Imperial. Ella no está buscando negocios, está buscando sangre.

La llamada se cortó. Sebastián miró el auricular con una mezcla de miedo y una curiosidad malsana. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué parecía tener una vendetta personal contra él? En su mente, seguía sin conectar los puntos. Para él, Elena estaba en algún lugar llorando su ausencia, no sentada en el trono del imperio más grande del país.

Esa tarde, Alexander Sterling llegó a la oficina de Elena sin previo aviso. Llevaba un ramo de tulipanes rosados y morados, las favoritas de Elena, un detalle que Marcus le había soplado discretamente.

—He oído que has causado un terremoto en la bolsa —dijo Alexander, dejando las flores sobre el escritorio y sentándose frente a ella con una elegancia felina—. Tres de tus directivos están siendo escoltados por la policía en este momento.

Elena cerró su última carpeta y levantó la vista. Alexander la miraba con una mezcla de admiración y algo que ella no sabía si llamar afecto o simple deseo de conquista.

—Solo estoy sacando la basura, Alexander. No puedo construir un imperio sobre cimientos podridos.

—Me gusta tu estilo, Elena. Pero ten cuidado. Sebastián Miller es un hombre desesperado, y los hombres desesperados son impredecibles. Hoy intentó entrar en mi club privado para pedirme una reunión.

Elena se tensó.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que mi agenda está llena para los próximos diez años —Alexander sonrió, mostrando sus dientes perfectos—. Pero se veía... diferente. Ya no tiene esa arrogancia de antes. Parece un hombre que empieza a darse cuenta de que ha perdido la brújula.

—Aún no ha visto nada —dijo Elena—. Mañana es la subasta de los terrenos del puerto. Esos terrenos son el último pulmón de su empresa. Si los pierde, Industrias Miller entrará en liquidación.

—¿Y vas a ir tú misma a la subasta? —preguntó Alexander, inclinándose hacia delante—. Sería la primera vez que se ve tu rostro en público después del divorcio.

Elena guardó silencio por un momento. Miró la revista que aún estaba sobre su mesa, con su silueta misteriosa en la portada.

—No. Seguiremos manteniendo el velo un poco más. Marcus irá en mi representación. Quiero que Sebastián sienta que está luchando contra un fantasma. Quiero que la incertidumbre lo vuelva loco antes de que la verdad lo destruya.

Alexander se levantó y se acercó a ella, rodeando el escritorio. Tomó su mano y depositó un beso suave en sus nudillos, manteniendo el contacto visual.

—Eres más peligrosa de lo que imaginé, Elena Valerius. Y eso me fascina.

Cuando Alexander salió, Marcus entró de inmediato, su mirada fija en el ramo de tulipanes.

—El señor Sterling es persistente, señorita —dijo Marcus, con un tono que Elena no pudo descifrar.

—Es un aliado útil, Marcus. Nada más.

—Si usted lo dice... —Marcus ajustó el reloj de su muñeca—. Por cierto, el señor Miller ha llamado a su antiguo número de teléfono móvil hoy. Siete veces.

Elena sintió una pequeña descarga eléctrica en el estómago.

—¿Lo encendiste?

—Solo para rastrear su ubicación. Está en un bar cerca de su antigua casa. Parece que la soledad y la ruina empiezan a pasarle factura. ¿Desea que bloquee el número definitivamente?

Elena miró por el ventanal. La ciudad empezaba a encender sus luces.

—No. Déjalo activo. Quiero saber cuántas veces es capaz de llamar a la mujer que despreció cuando se dé cuenta de que ella era lo único real que tenía en su vida. Pero no contestes. Nunca contestes.

Esa noche, mientras Elena dormía, Sebastián Miller estaba en un bar, mirando su teléfono y preguntándose por qué, de repente, el recuerdo de la sonrisa tranquila de Elena le dolía más que la pérdida de sus acciones. No sabía que el fantasma que tanto lo asustaba en los negocios era la misma mujer a la que le estaba suplicando, en silencio, que le devolviera la llamada.

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