El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la mansión de Sebastián Miller con una claridad ofensiva. Para él, era la luz del triunfo. Se sentía invencible. Había pasado la noche imaginando los muelles, las grúas con su apellido y el flujo constante de dinero que lo sacaría del pozo. Ignoraba que el éxito, cuando es servido por un enemigo, suele tener un retrogusto a ceniza.
En su despacho privado, Sebastián revisaba los documentos de propiedad de los terrenos del puerto. Sus manos, a