Hacía casi una semana que Elena no pisaba la Torre Imperial. Los días dedicados a la mudanza y, sobre todo, al reencuentro con sus lienzos en el nuevo estudio de las colinas, habían operado en ella una transformación notable. Ya no sentía la necesidad de vestir trajes de hombreras rígidas que parecían armaduras de combate. Ese día, Elena entró en el imponente vestíbulo de cristal y mármol de los Valerius luciendo un vestido de punto color crema, suave y fluido, con el cabello suelto cayendo sob