La mañana siguiente a la inauguración, la casa en las colinas amaneció envuelta en una neblina espesa que bajaba desde los pinos, ocultando el jardín donde, apenas unas horas antes, Elena había creído ver el fantasma de su pasado. El resplandor de la fiesta se había desvanecido, dejando tras de sí un silencio que a Elena le resultaba inquietante. Alexander se había marchado temprano, besándola con la misma devoción de siempre, pero dejándola sola con esa certeza punzante: Sebastián Miller sabía