—Cariño, descansa… enseguida regreso—dijo Damon, saliendo lentamente de su estado de sorpresa, mientras besaba la coronilla de la pequeña con afecto, antes de ponerse de pie.
—Quiero ir contigo, papá—pidió la pequeña, mientras descorría las sabanas e intentaba salir del reparo de la cama.
Damon le dio una dulce y suave mirada de advertencia. Muy diferente a la mirada rígida, fría e implacable que solía dedicarle a sus hombres.
Aquella, sin lugar a dudas, no era la mirada del jefe de la mafia.
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