CAPÍTULO 39.
La luna filtraba su luz a través de las copas de los árboles, bañando el bosque en un resplandor pálido y frío. Entre las raíces retorcidas de un gran roble, la pequeña Emma yacía inmóvil, su cuerpecito cubierto de tierra y hojas. Su respiración era débil, apenas un murmullo entre el silencio de la noche.
Un crujido en la maleza alertó a los depredadores nocturnos. Ojos brillantes surgieron de la penumbra, reflejando el plateado de la luna. Eran lobos, pero no pertenecían ni a Valragh ni a Shad