CAPÍTULO 38.

El lobo sostenía a la niña en sus garras. Las órdenes eran claras: deshacerse de ella. Emma lo miraba con ojos brillantes, demasiado serenos para una criatura tan pequeña.

—Eres solo una mocosa —murmuró, endureciendo la mandíbula.

La niña inclinó la cabeza, como si entendiera sus palabras. Luego, el aire a su alrededor se volvió denso. Una brisa helada surgió de la nada y las sombras parecieron alargarse. La bestia sintió cómo sus patas temblaban sin razón aparente.

De repente, su pecho ardió.

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