CAPÍTULO 30.

La habitación estaba en silencio, salvo por el suave susurro del viento que se colaba entre las rendijas de la ventana. Lina, con el rostro pálido y las manos temblorosas, se despertó lentamente. La confusión la envolvía como una niebla espesa, tratando de comprender lo que estaba pasando. No recordaba nada. Ni cómo había llegado aquí, ni qué le había sucedido. Solo sabía que estaba en un lugar extraño, con paredes cálidas y acogedoras, pero vacías de recuerdos.

—¿Dónde estoy? —susurró, mirando
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