El silencio que quedó después de que Rafael se fuera era ensordecedor.
Lorena permaneció unos segundos quieta en el mismo lugar, como si el cuerpo aún esperara otra explosión, otro golpe —no físico, sino emocional. El corazón latía demasiado rápido, descompasado, como si lo hubieran abandonado en medio de una carrera.
Fue el gerente quien la encontró.
Se acercó con cautela, la vergüenza visible en el rostro. No preguntó nada. No pidió explicaciones. Solo le pidió que lo acompañara a la pequeña