El médico apareció en el pasillo con el semblante profesional de quien ya ha aprendido a reconocer el pánico incluso antes de oír la pregunta.
—Está todo bien —dijo, directo—. Su esposa está estable. El bebé también.
Rafael no respondió de inmediato.
Los ojos estaban demasiado oscuros.
—Ella no es mi esposa —corrigió, con voz baja y dura.
El médico parpadeó, desconcertado, murmuró una disculpa y se alejó.
Rafael entró en la habitación sin llamar.
Nina estaba recostada en la cama, pálida, con la