Los cuerpos de los tres infiltrados yacían en el suelo, inmóviles.
Pero el comandante, ese hombre que una vez la entrenó, aún estaba de pie. Y por primera vez, Isabella vio de sus ojos: ambición. No deber. No disciplina.
—¿Por qué tú? — escupió ella—. ¿Por qué estás con ellos?
Él sonrió de lado.
—¿Creías que el gobierno realmente quería proteger a Elías?
No, Isabella. Desde hace años, la unidad sombra fue absorbida por otra cosa.
—¿Qué cosa?
— Una red sin nombre. Antiguos oficiales, ci