En el edificio principal del grupo Fernández, en pleno corazón financiero de la ciudad, ardía en murmullo. Algo no iba bien. Lo sabían los empleados, los asistentes, y los abogados.
El pasillo estaba tenso. Los rostros fruncidos. Y en el piso treinta, en la sala de juntas blindada, Miguel Fernández se quitaba las gafas con gesto cansado.
— Esto no es una simple auditoría — murmuró él —. Infiltración… Y alguien desde adentro de nuestra propia empresa lo facilitó.
—¿Qué clase de infiltraci