Sofía volvió a mirar a Alejandro; desde su ángulo, solo lo veía de perfil, atractivo y serio.
Pero bajo la mesa la situación era distinta. Había intentado apartar su mano y él la había atrapado con firmeza. Antes, su mano estaba sobre el dorso de la suya; ahora, la había girado y entrelazado sus dedos con los de ella, palma contra palma, sin dejar ni un resquicio. Fuerte, dominante, tal como era su carácter.
Carmen pensaba igual que Sofía: lo correcto era levantarse a devolver el gesto de cortes