El problema era que Alejandro sí podía respaldarla.
Miguel estaba al borde de la locura, apretando con tanta fuerza la copa que temblaba entre sus manos.
Sofía lo notó y preguntó:
—¿No quieres hacerlo?
—Miguel. —La voz de Santiago se volvió grave, en tono de advertencia.
Miguel buscó en la mirada de Sofía algún signo de duda, alguna fisura en su aplomo, pero solo encontró calma, estaba tan tranquila como la superficie de un lago.
¿Era esa la misma mujer que antes había sido la sombra de Diego? A