Leobardo Alarcón corrió cerca de doce minutos de un lado a otro por la avenida, intentando encontrarse con la madre de sus hijas, sin tener en cuenta que, con un embarazo tan avanzado, ella no lograría caminar mucho antes de necesitar sentarse a respirar, quizá por eso tampoco se le ocurrió la idea de que la rubia tomaría un taxi y por eso no la podría alcanzar.
Frustrado, preocupado y hasta un poco enojado, el azabache de ojos claros caminó a toda prisa de regreso hasta su auto. Necesitaba resp