Arielle
El silencio del penthouse a las tres de la mañana era pesado, casi sólido. Me removí entre las sábanas, pero el sueño era un lujo que mi mente no podía permitirse. No después de haber visto a los Stewart desmoronarse y reconstruirse en una sola tarde. Tenía el estómago vacío y los nervios a flor de piel, así que me deslicé fuera de la cama y caminé descalza hacia la cocina.
Pero no estaba sola.
La puerta de cristal que daba a la terraza estaba entreabierta. Una ráfaga de aire helado de