Blake Stewart
La noche en la hacienda era tan silenciosa que casi podía oír el crecimiento de la hierba bajo la luna de Tennessee. Pero dentro de nuestra habitación, el aire estaba saturado de una tensión que nada tenía que ver con el deseo. Logan se movía por la recámara con una eficiencia maníaca, apartando objetos y revisando —por décima vez— los efectos secundarios de las vitaminas prenatales.
—Logan, por favor, deja de moverte —dije, sentada en el borde de la cama, observándolo con una mez