Logan Christian
El silencio en mi casa de Nashville no era pacífico; era un ente vivo que me apretaba la garganta, recordándome cada segundo que mi vida se había vuelto a desmoronar en el mismo lugar de siempre: el altar de las mentiras de Chicago. Estaba sentado en el suelo de madera de la sala de estar, apoyado contra el sofá de cuero, rodeado por el resplandor ámbar de un bourbon que sabía a derrota y ceniza.
Mis nudillos estaban rotos, la piel abierta y sangrante de haber golpeado la pared